Libertad
y compromiso no son términos que se enfrentan sino que al contrario el segundo
es consecuencia obvia del primero. Y digo que el segundo es consecuencia del
primero por cuanto que la libertad como capacidad que es de realizar elecciones,
no se agota en el mero acto de realizar una elección, sino que su ejercicio se
mantiene en el tiempo en forma de compromiso con la elección realizada, de
forma que en la medida que somos fieles a dicha elección y nos comprometemos con
ella, llegamos a ser verdaderamente libres.
Hay
quien puede pensar que adquirir compromisos implica precisamente dejar de ser
libres o perder parte de nuestra libertad. Dicho pensamiento nos llevaría de
forma inevitable a la conclusión de que la libertad absoluta consistiría en la
ausencia total de compromisos y por tanto de elecciones, Pues bien, nada más
lejos de la realidad, libertad es tener la capacidad de elegir y ejercitar la
libertad es precisamente realizar elecciones y comprometernos con ellas.
Partiendo
de esta idea constituye para mi el ejercicio de libertad más esencial la
elección de nuestras creencias. Creemos aquello que elegimos creer. Nadie nos
obliga a creer nada de lo que creemos y, por tanto, todas y cada una de
nuestras creencias constituyen un verdadero ejercicio de nuestra libertad.
Ahora
bien, vivir como mujeres y hombres libres no suele ser gratis, Efectivamente,
en no pocas ocasiones nos encontramos con que ser fieles a nuestras creencias,
actuando conforme a las mismas, defendiéndolas o simplemente mostrándolas,
puede implicar pagar un precio, precio que puede adquirir muy variadas formas:
rechazo por parte de otras personas que puedan tener creencias diferentes,
pérdida de algún tipo de rendimiento económico, pérdida de trabajos u
oportunidades profesionales, pérdida de relaciones personales o amistades,…,
incluso en los caso más extremos encarcelamiento o pérdida de la propia vida.
Desde
luego no seré yo quien se atreva a juzgar a aquellos que en algún momento hayan
considerado que el precio a pagar por la libertad era demasiado alto y hayan
preferido ser un poco menos libres, ya que yo mismo he hecho eso en
innumerables ocasiones, y como fácilmente se puede comprender no estoy
dispuesto ni a juzgarme por ello, ni mucho menos a condenarme, y por una
cuestión de pura coherencia renuncio de igual modo a juzgar o condenar a los
demás por tal cuestión.
No
obstante ello, no cabe duda que el precio que pagamos (no el que no pagamos)
por nuestra libertad constituye el valor que tiene para nosotros la misma, de
forma y manera que quienes pagan un precio verdaderamente alto por la libertad,
es por que realmente su libertad vale para ellos el precio que están pagando.
Y dicho
esto, quiero simplemente compartir que siento una profunda admiración por todas
aquellas personas que a lo largo y ancho de este mundo defienden aquello en lo
que creen, más alla del miedo y del precio que tienen que pagar por ello, siendo
de ese modo auténticamente libres. Todas esas personas constituyen para mi una
inspiración vital, inspiración por la que les estoy profundamente agradecido y
a las que como muestra de mi agradecimiento quiero dedicarles estas letras.
De
entre ellas quiero referirme en especial a todas las que en la actualidad están
defendiendo en sus respectivos países la LIBERTAD y LA JUSTICIA como bienes
irrenunciables de la humanidad arriesgándolo prácticamente todo en dicha
empresa, y concretamente, y por una cuestión de cercanía personal, a todos los
venezolanos que han decidido reclamar la libertad y la justicia que les
pertenece. Confio que algún día yo también me atreva a ser totalmente libre
como lo son ellos ya.
Seamos
verdaderamente libres, vivamos de forma comprometida, vivamos nuestra libertad.
J.
Ignacio Pascual
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